El Maestro y el discípulo

Un joven muy entusiasta le pidió a un maestro del sable que lo aceptara como discípulo. "Seré tu sirviente y practicaré sin cesar. ¿Cuánto tiempo me llevará aprenderlo todo?"

"Al menos diez años", contestó el maestro.

"Eso es demasiado tiempo", replicó el joven. "Supongamos que trabajo el doble que los demás. Entonces, ¿cuánto tiempo me llevará?"

 "Treinta años", le dijo el maestro.

"¿Qué quieres decir?", exclamó el joven. "Haré cualquier cosa para dominar el arte del sable lo más pronto posible."

"En ese caso", dijo el maestro en tono serio, "necesitarás cincuenta años. Una persona con tanta prisa es un mal estudiante."

A este joven avergonzado se le permitió servir de ayudante con la condición de que no tocara un sable ni hiciera ninguna pregunta sobre ello. El joven pasó los tres años siguientes limpiando, cocinando y haciendo recados. Pero un día, el maestro se le acercó sigilosamente al joven y le atacó con un sable de madera. Desde ese momento, el maestro siguió con sus ataques por sorpresa hasta que el joven desarrollo un sexto sentido muy agudo; podía percibir un ataque antes de recibirlo. "Ahora ya estás listo para aprender", le dijo el maestro. La instrucción formal comenzó y el estudiante progresó rápidamente.

Obediencia

A las charlas del maestro Bankei asistian no sólo estudiantes del Zen sino personas de todos los rangos y sectas. Él nunca citaba sutras ni se entregaba a disertaciones escolásticas. Por el contrario, sus palabras salían directamente desde su corazón al corazón de quienes lo escuchaban.


Su numerosa audiencia enfurecía un sacerdote de la secta Nichiren porque sus seguidores lo habían abandonado para estudiar Zen. El egocéntrico sacerdote Nichiren vino al templo dispuesto a debatir con Bankei.
“¡Eh, maestro Zen!”, gritó. “Aguarda un minuto. Quienquiera que te respete te obedecerá, pero un hombre como yo no te respeta. Puedes hacer que yo te obedezca?”
“Ven a mi lado y te lo demostraré”, dijo Bankei.
Altivamente , el sacerdote se abrió paso a través de la multitud hasta el maestro.
“Ponte a mi lado izquierdo.”
El sacerdote obedeció.
“No”, dijo Bankei, “podremos hablar mejor si te colocas a mi derecha. Ven aquí.”
El sacerdote orgullosamente se pasó a la derecha.
“¿Ves?”, observó Bankei, “me estás obedeciendo y creo que eres una persona muy gentil. Ahora siéntate y escucha”.

Aikido: Poder y Responsabilidad

Es complicado determinar quien es un buen aikidoka, ya que al no ser un arte competitivo no se pueden medir las destrezas y/o habilidades técnicas, Eso si nos limitamos al aspecto técnico únicamente. El aikido es un arte marcial muy particular ya que fue creado a partir de técnicas de combate, sin embargo su finalidad no es la de destruir al adversario, por el contrario a través del uso de las técnicas conseguir una solución lo menos traumática posible para ambas partes.

Entender la visión del aikido no es tarea fácil, ya que teniendo un conocimiento técnico tan poderoso y letal, ¿Cómo no resistirse a la tentación de usarlo para tal fin?. He ahí donde entra la razón a jugar un papel fundamental, y es lo que pude distinguir al aikido de otras artes marciales de combate.

Podemos comparar el poder letal del aikido con la madre cocodrilo que transporta sus crias dentro de sus fauces, el cocodrilo es un reptíl sumamente poderoso cuyas mandíbulas pueden destrozar a su presa a la mitad, sin embargo tienen la delicadeza de poder tomar a sus crias y transportarlas sin hacerles el menor daño. El aikido se puede analizar de la misma forma, la base técnica del aikido es el Daito Ryu Aikijutsu, un arte diseñado para combatir en la guerra, con el poder necesario para quitarle la vida a otro ser humano. No obstante el aikido se aleja de todo eso, eligiendo hacer un uso inteligente y racional de las técnicas, de forma tal de evitar una desgracia innecesaria. Es ahí donde radica la importancia de valores tales como: respeto, tolerancia, compasión, etc, que deberían ser cultivados por todo aikidoka.

Quienes nos consideramos "aikidokas" debemos reflexionar al respecto, y analizar sí nuestras acciones y pensamientos (dentro y fuera del tatami) corresponden a lo que O-Sensei nos legó en su arte, de lo contrario sólo seríamos unos buenos ejecutantes de técnicas. Es cierto, somos humanos y constantemente cometemos errores y a veces nos desviamos del camino, sin embargo tenemos la capacidad de rectificar nuestro rumbo.


Entonces ser un aikidoka no es sólo dominar las técnicas, es reconocerte en tu "Adversario", es tener la sabiduría para seleccionar la mejor herramienta en un momento determinado, es conocer tus propios límites.