MARUBASHI, HACIA UN DESPERTAR DE LA CONCIENCIA

Marubashi significa el puente largo de la vida y es una técnica de la escuela de sable Yagyu (una de las que aprendió Morihei Ueshiba-fundador del aikido).
Consiste en que cuando el enemigo ataca con el sable, uno entra directamente en la trayectoria de su ataque, sin desviarse ni a la derecha ni a la izquierda, como si uno viese a través de su sable.

En esta forma de entrada uno se expone seriamente a la muerte en el caso de portar una katana en lugar de un bokken, tal como se practica en el tatami.

El trasfondo filosófico y psicológico que subyace en este tipo de enfrentamiento hace del entrenamiento una alegoría de la actitud necesaria para vivir una existencia rica, profunda y libre.

En el origen de esta técnica se encuentra la consideración de que la vida es un puente largo y estrecho que atraviesa aguas turbulentas. Cuando uno se enfrenta al enemigo en medio del puente, la huida se vuelve imposible. Batirse en retirada o dudar significa la muerte. Escapar por la derecha o la izquierda es el camino de las aguas agitadas.

Desde una perspectiva psicológica sabemos que cuando “las cosas van mal” surge un complejo emocional enraizado en el propio pasado (temores, complejos, etc.), entonces uno tiende a volverse “inconsciente”. Volverse inconsciente significa que la reacción o emoción se adueña de uno mismo y le convierte en ella. Se pasa a ser el actor que la representa, pero se deja de ser uno mismo, se trata pues sólo de una pauta reactiva automática e irreflexiva.En la vida cualquier circunstancia adversa que encontremos oculta una profunda lección, aunque no podamos verla en el momento.

El enemigo en tal caso se convierte en un maestro que te ayuda a refinar tus ideas y técnicas, el contrapeso necesario para agudizar tus sentidos. El único camino es el del enemigo; es preciso penetrar en el corazón de su ataque. Este es el sentido de irimi. Sólo la renuncia al tiempo psicológico (es decir a los condicionantes personales y sociales-ego-) permite alcanzar la verdadera libertad.

Como el ego es un sentido de identidad derivado de cosas externas, necesita identificarse con ellas. La identificación más habitual es el trabajo, el reconocimiento social, el conocimiento, la educación, la apariencia física, las habilidades personales, las relaciones, la historia personal y familiar, los sistemas de creencias y las identificaciones colectivas (nacionales, raciales, religiosas, etc.)

Ninguna de estas identificaciones es uno mismo. Baste pensar que con otras circunstancias sociales y personales nuestra visión del mundo y acciones serían distintas. Se llega a saber esta verdad por uno mismo, a más tardar, cuando se siente que la muerte se acerca. La muerte le desnuda a uno de lo que no es. El secreto de la vida es pues “morir antes de morir”.

El momento presente es lo único que tenemos. Nunca hay en la vida un momento que no sea éste. La esencia del Zen consiste en caminar por el filo de navaja del aquí-ahora.

Cada encuentro en un duelo ofrece una oportunidad. En la tradición Zen se suele decir Ichi go ichi e, una vida un encuentro. Nunca se presenta la misma situación dos veces. Es necesaria una mente reposada, abierta a las variaciones constantes. Sólo cuenta el momento presente. No hay segundas oportunidades.

En este sentido profundo, la concentración de toda la vida está en el instante presente. No importa la duración de la vida; si en verdad no se trata mas que de un segundo que la mente renueva constantemente.

Ichi go ichi e. Al igual que en la ceremonia del té que se compartía en el descanso de una contienda sangrienta. Ésta era un símbolo de vida, un instante de aquí-ahora pleno de eternidad. Con un espíritu abierto y vacío es más sencillo escoger intuitivamente el movimiento adecuado para mejorar la técnica y la actitud, comprender al compañero y, en suma, comprender mejor la vida.

En resumen, en la cultura medieval japonesa la frialdad que mira las cosas sin encogimiento y la conciencia penetrante de la muerte jugaron un papel principal. Estas personas vivieron en una época donde la muerte era algo tan cotidiano que el poder vivir hoy era casi una gracia. De esta forma la cultura japonesa fue atravesada por la llama de la muerte y renació revitalizada. Por eso se suele hablar de pureza y limpieza como los adjetivos que la caracterizan.

Cuando se practica en el tatami ésta u otra técnica con el bokken, la presión de la vida y la muerte desaparece y por tanto inmediatamente pasan inadvertidas las consideraciones profundamente humanas que surgieron como consecuencia de duelos reales.

Podemos decir que si olvidamos el profundo trasfondo existente en cada gesto, el valor del entrenamiento se disuelve.